Clinic of professor Feskov
Al celebrar mis 35 años de vida, con pesar me puse a hacer un recuento de los años vividos. Todo lo que deseaba en mi juventud lo he conseguido: Un trabajo que me gusta y en el que me realizo completamente como especialista, una cómoda casa delante de la cual hay un hermoso jardín lleno de peculiares flores, un magnífico coche deportivo, decenas de álbumes de fotos de mis viajes al extranjero como Inglaterra, India, Sri-Lanka, Tailandia y mucho otros lugares. Hace unos año mi vida se llenó de un nuevo sentido – Conocí al hombre que amo.
Se podría decir desde fuera que se puede envidiar a esta feliz pareja, pero cada vez con más frecuencia, al visitar a muchos de nuestros amigos, al escuchar el ruido que los niños hacen al caminar, sus primeros "Agú" y la palabra "Mamá", los problemas de la escuela o de la guardería, siento que durante el proceso de lograr mis objetivos he dejado pasar lo más importante, lo que supera el peso de todos mis logros - un niño. Y entre tanto, mi marido y yo llevamos juntos casi tres años, y la tan esperada segunda línea en el test de embarazo no aparece. Ni nosotros mismos, ni la gran cantidad de literatura leída no hemos podido dar respuesta a la pregunta –de por qué una pareja san y todavía joven no puedan tener ese niño tan deseado. Aunque me siento como una mujer de 25 años, llena de fuerzas y energía, entiendo que el tiempo juega en mi contra. Es por eso que mi marido y yo hemos tomado la difícil decisión de solicitar ayuda a los doctores de una clínica de tecnologías secundarias de reproducción.
El diagnóstico de los doctores sonó para mí como una sentencia – síndrome de disfunción ovárica prematura. Me explicaron que en mis ovarios prácticamente no hay folículos, aunque la cantidad de hormonas sexuales femeninas es todavía suficiente para poder sentirme bien. Mi periodo reproductivo ha llegado a su fin y en mis ovarios no podría madurá un óvulo incluso con la ayuda de la más prolongada estimulación de alta dosificación.
Los médicos nos propusieron recurrir a la utilización de óvulos donados. Al principio, el consejo de los médicos me pareció hasta ofensivo y mi respuesta fue un rotundo no. Ya que éste no sería mi hijo, no se parecerá a mí sino a una mujer extraña y desconocida.
Pero pasó un día, otro día, una semana y poco a poco se fueron apagando el dolor y la ofensa con el destino, así como el rechazo de la situación –y quedó sólo el deseo de tener un niño. Mi marido y yo tomamos la decisión de someternos al programa EKO con la aplicación de óvulos donados. Y ahora ya no nos sentimos privados, puesto que voy a ser yo quién va a llevar el niño durante el embarazo y el óvulo donado es nuestra oportunidad de realizar nuestro sueño. En la clínica nos explicaron que la identidad de los ovocitos será para nosotros anónima, lo mismo que nuestros datos no serán comunicados a la donante. Sólo se nos dio la información sobre el color de cabello, de ojos, peso, estatura y grupo sanguíneo de la chica donante. Elegimos a una donante parecida a mí en apariencia, con el mismo grupo sanguíneo.
En el trajín de las consultas en la clínica y revisiones, las últimas dudas que me quedaban desaparecieron, pues me estaba preparando para ser madre. Con mucha agitación e incluso miedo esperamos la punción de los folículos, la obtención de los óvulos y su fecundación con el esperma de mi marido; cada día los doctores nos ´contaban cómo iban desarrollándose nuestros pequeños embriones. Y al final, el trasplante de embriones - mi marido y yo cuidábamos tanto por su desarrollo, habíamos esperado tanto ese momento – y nos preguntábamos si ya eran nuestros, si no eran extraños después de tanta espera y emociones. El test de control del embarazo ha sido fijado para dentro de dos semanas. Este tiempo ha pasado como en un sueño – el miedo se convertía en esperanza, en una espera feliz, en inseguridad y nuevamente en miedo - ¿Y si no…?
No sé cuánto tiempo no me decidía a colocar la cinta del test en el vaso y luego mirarla. Con esperanza bajo los ojos y llamo a mi marido casi gritando – en el test se ven las dos líneas, muy claras y tan esperadas durante tantos años. El análisis de sangre confirmó los resultados del test de orina – Estoy embarazada. Luego, cada acontecimiento aparecía como en un caleidoscopio – en la revisión ultrasónica, tres semanas después del trasplante de embriones, los médicos vieron el óvulo fecundado, después de cinco semanas ya se podía ver el latido del corazón de nuestro embrión, y a la vigésima semana yo podía sentir los primeros movimientos del pequeñuelo.
Luego vinieron más pruebas de ultrasonido y más revisiones y visitas al médico, y claro, la espera, la espera de nuestro hijo.
Anoche me desperté a causa de dolores periódicos en la parte baja de la barriga y la cintura, el dolor se hace más fuerte, más frecuente y regular. ¿Serán las contracciones? Y con esto nuestro largo camino lleno de desilusiones, desesperación, dudas, miedos, esperanza llega a su final – y empieza uno nuevo - el de una vida entre tres personas que se quieren.
Estoy en la maternidad y a mi lado en la cama da resoplidos un pequeño hombrecito, mi hijo. Haciendo un recuento del camino pasado, siento vergüenza - Cómo había podido yo dudar de que este pequeño que se movía debajo de mi corazón durante los últimos nueve meses, al que acabo de traer a este mundo hace sólo unas horas, y que después del parto se quedó dormido sobre mi pecho, sería para mí un hijo propio, sangre de mi sangre.
